La propia Medicina y el sembrado de la autoconfianza
Esto es solo un fragmento, de cómo empezó todo…
Solo una parte de ese comienzo, de ese rezo hecho con el
corazón.
La oración que salió de mis labios fue que quería estudiar con alguien serio,
alguien que caminara su palabra, no sabía qué, pero esas fueron las palabras
que brotaron del corazón, o que fueron inspiradas y pensadas por la parte
verdadera y bonita que todos llevamos dentro, para que mi mente lo sienta.
Y si bien mis curiosos e inquietos pasos ya me habían
llevado al mundo de los yuyos, todo lo que hacía y experimentaba era a través
de libros que iba adquiriendo.
Muchos de estos experimentos resultaron bien y otros no
tan bien, con el tiempo y durante las clases de fitoterapia descubrí que las
plantas tienen sus contraindicaciones y allí comprendí y recordé aquellos
experimentos herbales que no habían salido tan bien!
Las clases eran fascinantes, un mundo nuevo se abría ante
mí, una hermosa posibilidad de ayudar (me), de servir al otro, y sobre todo de
aprendizaje.
La amabilidad, comprensión, su veracidad y humildad eran
condimentos que enriquecían las clases y mi alma, cosa que clase a clase crecía
cada vez más.
Y cuando las clases terminaban, y en ese ritual de
finalización de ir guardando todo, los comentarios finales, el intercambio de
nosotros los alumnos ante lo que
habíamos escuchado y recibido, íbamos saliendo, y allí en la puerta esperar que
llegue el remis que iba a llevar a Carlos a su herboristería para continuar con
esa sagrada tarea dharmica que había asumido este “obrero de la Luz” de servir
a sus hermanos y hermanas a través de sus conocimientos en plantas medicinales,
en esas charlas finales y también durante la clase éramos invitados a pasar por
el local, a compartir un cafecito, charlar y ver en vivo la practica
fitoterapica.
Y así fue que un día me anime a ir y emprender esta
aventura.
Cuando llegue al pequeño local de la calle arribeños en
el barrio de Belgrano, que muchos habrá conocido o sentido hablar, él estaba
allí, sentado detrás de su mostrador absorto en alguna lectura, como otras
tantas veces que volví lo encontré, sumido en pensamientos y reflexiones con su
cigarrillo en mano.
Allí estaba, con mis dos pies en la puerta de entrada
siendo recibido por una sonrisa y la invitación
a pasar.
Observaba el lugar con sus cajas y bolsa de papel marrón
en la estantería de la derecha, el resto de cajas arrumbadas atrás como una
pequeña montaña de cartón, el mostrador con algunas cajas rectangulares sobre
uno de los extremos, cajas que contenían tinturas madres, entre otras cosas que
allí había. Algunas partes del techo y las paredes con la pintura descascarada,
y el pequeño cartel pegado a sus espaldas sobre la pared que decía “Quien ama la verdad, ama la
justicias porque la justicia es la verdad en acción”.
Ah!! Y me olvidaba de la balanza que estaba en ese rincón
en donde las cajas se amontonaban.
Me senté en una de las sillas que había en el lugar y
como el espacio no era muy grande solo había dos sillas. Y empecé a hablar, empezamos
a conversar, no recuerdo que, pero lo que si recuerdo muy bien que esa charla
no duro mucho.
Él la interrumpió, y en ese instante veo en sus manos un
manojo de cartas, pequeñas, y las empezó a barajar y me pidió que corte el mazo, y el desparramo
sobre el mostrador una al lado de la otra. Y algo que siempre ocurría y que pude vivenciar en los años que tuve la
posibilidad y bendición de ir al local,
es que cada vez que sucedían este tipo de cosas o situaciones especiales no
entraba nadie. Se creaba una atmósfera especial, un momento fuera del tiempo.
Las cartas estaban echadas…. Elegí un número del 1 al 7
me dijo. En mi nerviosismo, asombro y desarticulación, destructuracion de mis
pensamientos, sistemas de creencias y de seguridad con los que había llegado
hasta allí dije 8! Jaja! No martincho del uno al 7 me volvió a repetir, y elegí
el número 3.
Bien, ahora saca tres cartas, las que quieras me dijo.
Tome tres cartas y al darlas vueltas me encontré que
contenían la imágenes de flores cada una de ellas y con un nombre, eran flores
del sistema de Bach. Me pidió que anotara el nombre de cada una, él las miro y
luego las guardo en el mazo.
A partir de allí quede en silencio, un silencio que
abarcaba la quietud de los pensamientos, y él comenzó a hablarme sobre mi vida,
actitudes mías y otro tipo de detalles, cosas que hasta ese momento nunca había
hablado con él. Recuerdo muy claramente su mirada y su frase “se entendió” que
tantas veces escucharía en esos años de charlas y aprendizaje.
Cuando termino de
hablarme de todos esos detalles, me dijo, ¿Sabes lo que hiciste? Buscaste tu
propia medicina, ahora te vas a encargar esas flores y las vas a tomar. Y así
fue.
Con el tiempo las visitas fueron más seguidas a la
Herboristeria Santa Ana. Fueron muchos los aprendizajes allí vividos,
aprendizajes que fueron más allá de las plantas medicinales.
Releyendo y poniendo en palabra esto que comparto con
ustedes, siento un profundo agradecimiento con la Divinidad, por haber
escuchado y respondido a mi rezo, y haber
puesto en mi camino un tutor, un padres espiritual, un maestro y amigo, un ser
que nos dejó entrar en su corazón.
Carlos Esteban Andrin fue uno de los más grandes
fitoterapeutas que tuvo este país, una gran persona que brindo su servicio de
ayudar a los demás a través de las plantas medicinales por mas de 20 años.
Un obrero como solía llamarse muchas veces en este gran juego cósmico.
Todavía recuerdo sus palabras aquel año en que me mudaba hacia Córdoba, ya esta martin ahora a seguir caminando, y no te olvides que te amo y que siempre estas en mi corazón!
Y asi fue, así es y así sera.....
Juan Martin Alvarez - Fitoterapeuta
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